En memoria de los mártires de la pesca: el crimen de Barbados y la continuidad del cerco contra Cuba
Cada 6 de octubre, Cuba se detiene para recordar uno de los actos terroristas más atroces de su historia: la voladura en pleno vuelo de un avión de Cubana de Aviación frente a las costas de Barbados. Entre las 73 víctimas de aquel crimen de 1976 no solo viajaban los jóvenes esgrimistas que regresaban victoriosos de un campeonato centroamericano; también iban hombres y mujeres del sector pesquero, trabajadores que cumplían misión internacionalista en aguas del Caribe y que hoy constituyen un capítulo especialmente doloroso de nuestra memoria colectiva.
Entre los mártires de la pesca destaca Argelio Reyes Aguilar, director de la Flota Camaronera del Caribe del Instituto Nacional de la Pesca. Su presencia en aquel vuelo no era casual: regresaba de un viaje de trabajo a la zona pesquera de Guyana, donde Cuba mantenía una base de apoyo para la actividad extractiva. Junto a él viajaba Sonia Coto Rodríguez, trabajadora del sector pesquero con casi una década de servicio, quien se había desempeñado como enlace y taquígrafa de mensajes en la base pesquera de Georgetown y regresaba a la Patria tras finalizar su contrato. También Rafael Cabrera, pescador pinero, es honrado cada año en la Isla de la Juventud como víctima del terrorismo, y su imagen preside los homenajes que el sector pesquero dedica a los caídos de Barbados.
El crimen fue planificado y financiado desde Estados Unidos. Los terroristas de origen cubano Luis Posada Carriles y Orlando Bosch Ávila, al servicio de agencias de inteligencia estadounidenses, diseñaron el plan, mientras que los autores materiales colocaron dos artefactos explosivos en la cabina del avión. La CIA financió y protegió a sus agentes, quienes posteriormente recibieron el favor de la justicia estadounidense mediante juicios amañados y absoluciones cuestionables. Hasta hoy, el crimen permanece impune.
Lo que ocurrió en Barbados no fue un hecho aislado. Forma parte de una política de acoso y agresión sistemática que Estados Unidos ha mantenido contra Cuba durante más de seis décadas. En aquellos años, avionetas con matrícula estadounidense bombardearon la principal industria del país, y lanchas rápidas desde la Florida ametrallaron y hundieron decenas de barcos de pesca desarmados. Los pescadores cubanos fueron blanco directo de esa violencia: sus embarcaciones eran atacadas, sus vidas segadas, y el sector pesquero se convirtió en uno de los más golpeados por el terrorismo de Estado.
Hoy, casi medio siglo después, el acoso continúa bajo nuevas formas. El cerco energético que Estados Unidos impone a Cuba constituye la variante más reciente de esa misma política de asfixia. Se persigue y obstaculiza la llegada de combustible a la Isla; se amenaza a navieras, aseguradoras y transportistas internacionales; se interceptan buques tanqueros y se aplican sanciones a cualquier entidad que comercie con Cuba en materia energética. El resultado son apagones prolongados, transporte reducido, escuelas y centros laborales con horarios restringidos, y un impacto directo en la vida cotidiana de once millones de cubanos.
La conexión entre el crimen de Barbados y el cerco energético actual no es retórica: es la continuidad histórica de una misma estrategia de castigo colectivo. Ayer fueron los aviones saboteados y los barcos pesqueros ametrallados; hoy son los buques de combustible bloqueados y las centrales eléctricas sin diésel. Ayer murieron 73 inocentes en el mar Caribe, entre ellos pescadores que servían a su país; hoy se pretende ahogar económicamente a toda una nación por el crimen de resistir.
Rendir homenaje a los mártires de la pesca no es solo un ejercicio de memoria. Es también una denuncia de que las condiciones que permitieron aquel crimen siguen vigentes, y que el mismo gobierno que financió a los terroristas de 1976 es el que hoy aprieta el cerco energético contra Cuba. Como expresó Fidel Castro en el duelo por las víctimas de Barbados: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla”.
Hoy, los pescadores cubanos y sus familias siguen esperando justicia. Y mientras el cerco energético se recrudece, su memoria nos convoca a denunciar, con la misma firmeza de siempre, que ni el terrorismo ni el bloqueo han podido ni podrán doblegar la dignidad de un pueblo.